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Críticas de cine

Viernes
3/9/2010
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El sabor de las cerezas

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Ta’m e guilas

Entre tanto estreno, siempre hay alguna película que rompe la ligereza dominante y permite al espectador ejercitar una actividad hoy día bastante olvidada: pensar. Es el caso de esta compleja parábola sobre la condición humana, con la que el prestigioso cineasta iraní Abbas Kiarostami (¿Dónde está la casa de mi amigo?, Primer plano, Y la vida continúa, A través de los olivos) ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes 1997. En esta ocasión, la cámara de Kiarostami sigue el misterioso deambular en coche de un hombre maduro por las afueras del Teherán actual. Desesperado por algo que nunca se llega a saber, ha tomado la decisión de suicidarse, y busca ansiosamente un mínimo de complicidad en alguien que quiera enterrarle después. Tanteará a un pobre recogedor de chatarra, a un joven soldado kurdo, a un vigilante afgano, a un estudiante de teología islámica y a un honesto taxidermista turco.

En su diáfana puesta en escena, Kiarostami da una lección magistral de síntesis y continuidad narrativa, de dirección de actores —todos, no profesionales—, de progresión y sustancialidad dramática, de dominio del fuera de campo, de aprovechamiento de la luz y de los paisajes naturales, de empleo del sonido ambiente y del silencio, de hondura sin retórica... Quizá a muchos espectadores les cueste sangre seguir el ritmo sereno y contemplativo de este poema minimalista, en el que algunos han visto reminiscencias de clásicos del cine de búsqueda, como Fresas salvajes, de Bergman; El desierto rojo, de Antonioni; o El desprecio, de Godard. Pero si lo logran, podrán saborear una conmovedora reflexión sobre el valor de la vida humana y sobre la inquietante posibilidad del suicidio, en la que Kiarostami encara sin concesiones el desafío del sufrimiento, la desesperanza y la soledad.

No es fácil sintetizar la respuesta concreta de Kiarostami a este desafío, pues su discurso, nada complaciente, quiere reflejar hasta las más sutiles entretelas del alma humana y resulta enormemente abierto, sobre todo en su resolución. El director iraní ha reconocido que el conflicto dramático que plantea la película lo ha ido madurando durante ocho años y responde a la impresión que le causó en su juventud la lenta y dolorosa agonía de su padre. Según Kiarostami, aquella trágica muerte le hizo reflexionar sobre esa perturbadora posibilidad que tiene el hombre de acabar con su propia vida. "¿Quién no ha pensado alguna vez en suicidarse? —se preguntaba en una entrevista—. Es la única elección que podemos hacer ante Dios y ante la naturaleza. Así como no podemos elegir nuestra nacionalidad, nuestra religión, nuestros padres, nuestra lengua, nuestro color de piel, sí podemos decidir nuestra muerte (...). La posibilidad del suicidio hace que vivir sea real y no un espejismo. Hay que pensar en ese momento y hay que vivir".

Desde este críptico y ambiguo punto de partida, Kiarostami avanza con sus personajes a la manera del sufismo —la constante puesta en duda de las cosas—, sin quitarle nunca la palabra al angustiado protagonista. "Creo que Dios es tan misericordioso que no nos quiere ver sufrir y hacer daño a los demás —dice tal personaje—; por eso nos da la solución del suicidio". En su perplejidad, el chatarrero, el soldado y el vigilante no saben rebatir ese argumento, y huyen aterrorizados. El estudiante de teología islámica sólo acierta a recordarle que el Corán condena el suicidio. Y es el honesto taxidermista —que ya sufrió en su propio cuello la tentación del suicidio— el único que de verdad se esfuerza en comprender las razones del aspirante a suicida, e intenta rebatirlas.

El entendimiento certero de esta confrontación final de argumentos delimita el sentido de fondo de la película. A algunos críticos les ha pesado en exceso que este noveno largometraje de Abbas Kiarostami haya sido censurado por las autoridades iraníes. Y ven la película, superficialmente, como una defensa del derecho al suicidio o como un simple alegato contra la religión islámica, que considera el suicidio como una blasfemia. Ciertamente, Kiarostami ha declarado que llegó a la conclusión de que "quizá la religión no ofrecía una más elevada sabiduría sobre el tema". Pero, como se aprecia en su película, esto no significa que Kiarostami rechace la religión en general, sino sólo la postura cortante del estudiante de teología —"Lo condena el Corán"—, en lo que supone de reducción de la religión a un frío código de reglas morales.

En efecto, a Kiarostami le parece más eficaz, y más humano, dar a la desesperanza —a ese "círculo inútil que no lleva a nada"— una respuesta más vitalista, delimitada por el redescubrimiento de las cosas bellas de la vida —como el sabor de las cerezas— y de la religión, entendida más bien como el clima natural que surge del amor de Dios hacia los hombres y de estos hacia Dios. De ahí el creciente valor dramático y discursivo que otorga a las sabias declaraciones de principios —todo un derroche de sentido común y caridad— del taxidermista: "Todos los problemas tienen solución; es un camino más largo pero más bonito"; "Lo importante es pensar mucho, así uno se da cuenta de que está equivocado"; "No hay madre que haga por sus hijos lo que Dios hace por sus criaturas"...

Tras estas líneas maestras, con las que Kiarostami cierra la reflexión central de su singular ensayo poético, el director iraní pone la guinda con un arriesgado y antológico epílogo en vídeo, también abierto, pero que quizás esconda su clave secreta en la preciosa flor de cerezo que empuña un militar. Así, culminaría su canto a la vida con una vibrante celebración del poder liberador del cine, esta vez más séptimo arte que nunca. Y es que Kiarostami, una vez más, ha sabido traducir en imágenes su regla de oro como cineasta: "Para conocer al hombre hay que estar cerca de él, y si lo observas de cerca, tendrás tendencia a amarle. Para mí el ser humano es más importante que la película". J.J.M.

Director: Abbas Kiarostami. Intérpretes: Homayon Ershadi (Badii, el suicida), Abdolrahman Bagheri (El trapero), Afshin Bakhtiari (El soldado), Hossein Noori (El seminarista), Ali Moradi (El taxidermista). País: Irán. Año: 1997. Producción: Abbas Kiarostami, para Ciby 2000. Guión: Abbas Kiarostami. Música: Abbas Kiarostami. Fotografía: Homayoun Payvar. Dirección artística: Hassan Yekta. Montaje: Abbas Kiarostami. Estreno en Madrid: 12-XII-97. Distribuidora cine: Vértigo. Duración: 98 minutos. Género: Melodrama costumbrista. Premios principales: Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1997. Premio Alfa y Omega 1998 a la originalidad en la expresión Público apropiado: Jóvenes-adultos. Contenidos específicos: —.

 
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