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The Spitfire Grill 
En 1994, la Liga del Sagrado Corazón, una institución católica de Mississippi dedicada a fines piadosos y sociales, decidió crear en su seno una productora de cine, la Gregory Productions, con la intención de realizar una película de bajo presupuesto "que alentara al público a un mayor entendimiento y apreciación de los valores de la tradición judeo-cristiana, y a acogerlos como propios, en particular el amor y la reverencia a Dios". Después de dos años de búsqueda infructuosa de guiones, el director de Gregory Productions, Roger Courts, conoció a Lee David Zlotoff, un judío practicante, padre de cuatro hijos y con una amplia experiencia televisiva como creador de McGyver y guionista de las series Remington Steele y Hill Street Blues. Tres semanas más tarde, Zlotoff entregó a Courts el guión de La historia del Spitfire Grill, que más tarde él mismo dirigiría, debutando así en la gran pantalla.
El resultado de este singular proceso ha sido un magnífico melodrama moral, que fue aclamado en el prestigioso Festival de cine independiente de Sundance, donde el año pasado ganó el Premio del Público y batió el récord de derechos de distribución cuando Castle Rock ofreció por los suyos 10 millones de dólares. Los beneficios que obtenga la película se dedicarán a la construcción de una escuela para 400 estudiantes en una zona pobre del norte de Mississippi.
El argumento describe el drama de Percy Talbot (Alison Elliot), una chica de 25 años que, tras una infancia terrible, acaba de cumplir condena en una cárcel. Sin hogar ni familia, Percy intenta rehacer su vida en Gilead, un perdido pueblo agrícola de Maine sin demasiados alicientes. Allí encuentra trabajo como camarera en un pequeño restaurante, el Spitfire Grill, regentado por la irascible Hannah (Ellen Burstyn), una anciana que vive amargada por la desaparición de su único hijo al final de la Guerra de Vietnam. A base de cariño y paciencia, y con la ayuda de Shelby (Marcia Gay Harden) —la sufrida esposa del rudo sobrino de Hannah— y de Joe (Kieran Mulroney) —encantador granjero que está enamorado de Percy—, la joven ex-presidiaria se gana la amistad de su patrona. La popularidad de Percy alcanza su punto álgido cuando resulta un éxito arrollador su original idea de organizar un concurso por correo para cumplir el deseo de Hannah de vender el Spitfire Grill. Pero esa creciente popularidad avivará la animadversión hacia la chica de un grupo de intolerantes, que desconfían de su pasado criminal.
Narrativamente, La historia del Spitfire Grill ofrece alicientes parecidos a los de Tomates verdes fritos, de Jon Avnet, película a la que recuerda con frecuencia. Como en ésta, se aprovecha con habilidad la fascinación inherente a los relatos orales, se dosifican muy bien las misteriosas intrigas que van sembrando los diversos hilos narrativos, se envuelve el relato con un sugestivo halo visual y musical —la banda sonora de James Horner es espléndida— y, sobre todo, se ofrece una sensacional definición de tipos humanos. Quizá este último elemento sea la principal aportación del sólido guión de Lee David Zlotoff y de su intensa puesta en escena, muy cinematográfica, pero siempre al servicio de los dramas de los personajes, en-carnados por un elenco de magníficos actores, en todo momento muy bien dirigidos. Destaca con luz propia la matizadísima interpretación de la joven y casi desconocida Alison Elliot, sobre la que recae el peso principal de la profunda reflexión antropológica y moral que plantea la película.
Es en este punto del tratamiento de fondo donde La historia del Spitfire Grill vuela muy por encima de Tomates verdes fritos. Ciertamente, a veces Zlotoff carga un poco la mano en el recurso a la lágrima, especialmente en el abrupto desenlace. Pero, en términos generales, y a diferencia de Tomates verdes fritos y de otros melodramas recientes, da claramente primacía a la nitidez moral de la historia sobre su eficacia sentimental. En este sentido, Zlotoff apela tanto al corazón como a la cabeza del espectador, y edifica así sobre cimientos muy sólidos su premeditada apología de "los valores de la tradición judeo-cristiana". En efecto, con un sutil dominio de los recursos fílmicos —encuadres y movimientos de gran vigor dramático, poderosas elipsis, una iluminación de interiores a lo Vermeer, deslumbrantes planos generales de los bellos parajes exteriores...—, Zlotoff logra un rico mosaico que demuestra la plena vigencia de la moral, la antropología y la espiritualidad judeo-cristianas en este ¿secularizado? fin de siglo y de milenio. No es cuestión de descender a detalles, que desvelarían innecesariamente las intrigas del argumento; baste con decir que en él confluyen con apabullante naturalidad grandes temas de hoy y de siempre: la unidad familiar y su descomposición, la maternidad y la paternidad, el drama del aborto, la soledad, la envidia, la intolerancia, la amistad, el feminismo y el machismo, el pecado, el perdón, la compasión, la solidaridad, el sentido del trabajo, el amor a la naturaleza, el amor limpio y el no tan limpio, la hipocresía y el compromiso, el valor del sacrificio, la muerte, el olvido de Dios y las relaciones con Él... Todo ello, afrontando de cara, sin ñoñas moralinas, las aristas dramáticas más cortantes, con una elegancia y una hondura absolutamente cautivadoras.
Después de pensar la película, se entiende el secreto de esa "sensacional definición de tipos humanos" de la que hablábamos antes. Lee David Zlotoff ha sabido llegar al núcleo central de la dignidad del ser humano: su condición de hijo de Dios, hermano de sus semejantes y administrador responsable de toda la creación. Por eso, a pesar de los leves excesos melodramáticos de la película y de alguna que otra debilidad narrativa, sus personajes encienden la pantalla cada vez que salen, provocando esa irresistible conmoción característica de las verdaderas obras de arte. Ya lo descubrió hace años Frank Capra: "No se puede implicar a la gente con una puesta de sol; el único medio para implicarla es la gente misma. La ilusión se opera cuando uno mira los rostros de las personas que aparecen en la pantalla; entonces ya está implicado". Y las personas que aparecen en La historia del Spitfire Grill son auténticos seres humanos: reales, palpables, de carne, hueso y alma; en toda su integridad, con todas sus grandezas y miserias, libres y abiertos a la trascendencia, débiles y poderosos a la vez... Y no los animalizados robots o los obsesivos casos patológicos in vitro de tantas otras películas, burdos conjuntos evolucionados de células dominados por incontrolables pasiones y por las torpes arbitrariedades de un destino injusto y cruel. Hay que apuntar el nombre de Lee David Zlotoff; ha debutado con una espléndida película y, si sigue por el mismo camino, dará mucho que hablar en el futuro. J.J.M.
Director: Lee David Zlotoff. Intérpretes: Alison Elliot (Percy Talbot), Ellen Burstyn (Hannah Ferguson), Marcia Gay Harden (Shelby Goddard), Kieran Mulroney (Joe Sperling), Will Patton (Nahum Goddard), Gailard Sartain (Sheriff Gary Walsh). País: Estados Unidos. Año: 1996. Producción: Forrest Murray, para Gregory Productions en asociación con The Mendocino Corporation. Presentada por: Castle Rock Entertainment. Guión: Lee David Zlotoff. Música: James Horner. B.S.O.: Sony Classical. Fotografía: Rob Draper. Dirección artística: Howard Cummings. Montaje: Margie Goodspeed. Estreno en Madrid: 22-VIII-97. Distribuidora cine: Filmayer-Castle Rock / Turner. Distribuidora vídeo: Filmayer. Duración: 117 minutos. Género: Melodrama rural. Premios principales: Premio del Público en el Festival de Sundance de 1996. Premio Alfa y Omega 1998 a los valores sociales. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: —. |