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Al Pacino encarna esta vez a Eli Wurman, un publicista de Nueva York que ha conocido días mejores y que lucha desesperadamente por mantenerse a flote. En la actualidad sólo le queda un cliente, el actor Cary Launer (Ryan O’Neal), que piensa dedicarse a la política, y cuya imagen debe cuidar, por más que éste se empeñe en ensuciarla. La película se centra en 24 horas en la vida de Wurman: las que faltan para una gala benéfica que ha organizado, con todas sus angustias y todos sus problemas para llenarla de famosos y convertirla en un gran acontecimiento de la ciudad. La causa lo merece y su amor propio le exige demostrar que todavía está a la altura de los mejores. Vemos a un Wurman agotado trabajando contra reloj, manteniéndose a base de tabaco, café y un terrorífico coctel de medicinas que le ha recetado su médico. En ésas, aparece Launer con un problema, su última aventura, Jilli (Téa Leoni), una conocida actriz, está en la cárcel. Wurman debe ser discreto, pagar la fianza y llevar a la mujer al aeropuerto. Jilli es asesinada en el hotel, con Wurman en el cuarto de baño, tan atontado por los medicamentos que no ha visto nada ni le han visto. ¿Qué ha pasado exactamente y por qué? ¿Cuál es la postura que conviene adoptar y cómo salir del apuro? Wurman tiene la llave de un caso de corrupción política y financiera a gran escala, y no sabe qué hacer.
Kim Basinger, Téa Leoni, Ryan O’Neal, Al Pacino y algunos secundarios de lujo, con un guión de Jon Robin Baitz, un autor dramático de talento aunque sea poco conocido por estos lares. El conjunto era prometedor a pesar de que el director, Dan Algrant, sólo pueda presentarse como el autor de la lamentable Desnudos en Nueva York. A tenor de sus posibilidades, el resultado es discreto, aunque tiene sus elementos atractivos. En el haber se encuentra un guión poco original, pero lleno de nobleza; una historia en la que se denuncia la quimera del éxito y la publicidad, y la corrupción a todos los niveles; una historia que busca el sentido de la vida y que fomenta lo que de más noble y profundo hay en la persona; una historia en la que el protagonista, sin facilidades, se propone mejorar. Para hilvanar esas ideas tenemos a un omnipresente Al Pacino correcto durante una buena parte del metraje convencional de la cinta, y sobresaliente en cuanto tiene la oportunidad, como en los diálogos con su cuñada Victoria (Kim Basinger) o con su joven ayudante del despacho.
No cabe duda —y esta es la parte negativa— de que esta historia ha sido pensada por un dramaturgo y que tendría más fuerza en un escenario. En la pantalla, además de unos buenos diálogos, se precisan otros recursos narrativos; y precisamente la trama más cinematográfica, el asesinato de Jilli, es la parte menos creíble de la historia. Con todo, se trata de una obra interesante, honrada, sin pretensiones y con más aciertos que fallos. F.G.-D.
Director: Dan Algrant. Intérpretes: Al Pacino (Eli Wurman), Kim Basinger (Victoria Gray), Ryan O’Neal (Cary Launer), Téa Leoni (Jill Hopper), Richard Schiff, Bill Nunn, Robert Klein. País: Estados Unidos. Año: 2002. Producción: Michael Nozik, Leslie Ur Dang, Karen Tenkhoff, para South Fork Pics./Galena/Greenstreet Films-Chal Prds./In’Motion. Guión: Jon Robin Baitz. Música: Terence Blanchard. Fotografía: Peter Deming. Dirección artística: Michael Shaw. Montaje: Suzy Elminger. Estreno en Madrid: 30-V-03. Distribuidora de cine, vídeo y DVD: Filmax. Duración: 90 minutos. Género: Drama. Público adecuado: Jóvenes-adultos. Contenidos especiales: X–.
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