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Saving Private Ryan 
Desmadejado, conmovido hasta los tuétanos, profundamente tocado en la cabeza y en el corazón, horrorizado y a la vez reconciliado con esa increíble colección de paradojas que es el ser humano... Así sale uno del cine después de las casi tres horas de descenso a los infiernos que propone Salvar al soldado Ryan; un descenso a los infiernos con el que Steven Spielberg asciende de nuevo a los cielos del Séptimo Arte —que ya visitó en Tiburón, E.T., En busca del Arca Perdida, El imperio del sol y La lista de Schindler—, después de esos dos últimos, y más bien decepcionantes, paseos por el purgatorio que fueron Jurassic Park II y Amistad.
Día D, Hora H
Ya sólo la espeluznante primera media hora de Salvar al soldado Ryan justificaría la inclusión de Spielberg entre los grandes del cine. En ella, desde la patética mirada perdida de un veterano de guerra, el cineasta estadounidense sumerje al espectador en el horror en estado puro de aquel no tan lejano Día D —6 de junio de 1944—, en el que miles de jóvenes soldados dejaron su vida —o una pierna, o las dos, o la mente, o el alma— en las playas de Normandía. Nunca se había recreado con tal verismo la absoluta deshumanización de la guerra, de cualquier guerra, sus devastadores efectos sobre la dignidad humana, convertida en un horripilante amasijo de locura, pánico, carne quemada y desgarrada, brutalidad... y un pavoroso silencio: el de la soledad con que la conciencia de cada cual se enfrenta cara a cara con el fragor de la muerte.
Spielberg reconstruye aquella carnicería como lo que fue, crudamente, honestamente, salpicando al espectador con los vómitos de los soldados en las lanchas de desembarco; con la desesperación de los que se ahogan, sin llegar a pisar tierra, arrastrados hasta el fondo del mar por el peso de la impedimenta; con el inútil esfuerzo de aquel que intenta volver a poner en su sitio el brazo que le ha arrancado de cuajo un trozo de metralla; con el paralizante terror de aquel afortunado que encontró en su camino un socavón o un palmo de madera o metal tras el que burlar precariamente las ráfagas de ametralladora...; en fin, con el caos, con la animalización total —fango, sudor y sangre— de la guerra.
Pequeñez y grandeza del ser humano
Ahora bien, esta crudeza no es la crudeza desesperada, sórdida, casi nihilista, de otras películas bélicas recientes, como Platton y Nacido el 4 de julio, de Oliver Stone, o La chaqueta metálica, de Stanley Kubrick. Además de que Spielberg no se recrea en la violencia que muestra, sabe descubrir en medio de ella la humanidad de los seres que la sufren e incluso que la provocan. Así, en esa magistral media hora, son tan auténticos los sentimientos de cobardía, crueldad o desesperación, como el coraje de los soldados que siguen adelante, el remordimiento del que mata por primera vez o la capacidad de sacrificio de esos sanitarios y sacerdotes que se juegan el tipo a pie de playa para llevar a ese enjambre de despojos humanos una última esperanza de vida o un último consuelo antes de la muerte.
He aquí la clave del vigor interno de la película: la plena confianza de Spielberg en la grandeza del ser humano, aun en las situaciones más irracionales, inhumanas y empequeñecedoras. Es este poderoso juego de luces y sombras, para nada ingenuo y en las antípodas de cualquier cinismo al uso, el que dota de vida, de verdad, a la insuperable obertura y al resto de los magníficos movimientos que completan esta antibelicista sinfonía bélica. Unos movimientos que siguen de cerca los pasos de un pelotón de rangers, supervivientes del desembarco en Omaha Beach y comandados por un carismático capitán de misterioso pasado y mano temblorosa (Tom Hanks), que son enviados a la primera línea de fuego, y más allá, para rescatar a un joven paracaidista, el soldado James Ryan (Matt Damon), cuya compañía ha sido lanzada en plena zona ocupada por la Werhmacht alemana.
La razón de ser de esta insólita misión —un grupo de curtidos y valiosos soldados, puestos en peligro por salvar sólo a uno de dudoso valor— introduce en la película otro fogonazo de humanidad, que revela la necesidad de valorar la microhistoria, lo aparentemente irrelevante, para comprender a fondo la Historia, con mayúscula. Porque esos hombres heroicos son enviados a un destino más que incierto por una razón que nada tiene que ver con tácticas y estrategias militares; sencillamente, los otros tres hermanos del soldado Ryan han muerto en combate casi al mismo tiempo, y el Alto Mando considera prioritario evitar como sea que muera también el hermano menor.
Una confrontación moral
Esta singular motivación llena de matices los conflictos dramáticos que padecen cada uno de los implicados —de procedencias y personalidades muy diversas—, y lleva la reflexión sobre el sentido del sacrificio hasta un terreno muy alejado de las hazañas bélicas que recuerdan los libros de historia. Además, añade un incómodo acento de cercanía y veracidad a la cita de Abraham Lincoln —políticamente muy incorrecta— que invoca la película, y en la que el venerado presidente reivindica el valor de la guerra como palestra en la que el hombre puede ejercitar la voluntad, la reciedumbre, la solidaridad, el verdadero patriotismo y otras muchas de las virtudes que delimitan su grandeza. Todo ello, desde esa perspectiva panorámica, nítidamente abierta a la trascendencia, que ya marcó los acordes de fondo de La lista de Schindler e incluso de Amistad.
A Spielberg no se le va de las manos este peligroso cóctel porque deja al margen cualquier análisis estrictamente político y económico —ámbitos en los que se asienta habitualmente el lado más oscuro de cualquier conflicto armado— y contagia al espectador su decidida consideración de la II Guerra Mundial como una guerra justa, donde los sacrificios humanos se ofrecieron en el altar de la libertad. Sin maniqueísmos —el verdadero enemigo fue una ideología perversa, no tanto los soldados alemanes—, sin alegatos propagandísticos, sin toscos idealismos, sutilmente, llevando la historia hacia una confrontación moral entre sistemas de valores, entre modos de entender la vida; y enfocando el heroísmo en plano corto, en el hacer lo que hay que hacer aquí, hoy y ahora, en lo que a cada uno le toca vivir y merecer. Es épica, sí, pero no de la guerra como tal, sino de esos inauditos arranques de bondad, de coraje, de caridad que a veces provocan las situaciones extremas.
Lección magistral de cine
Ni qué decir tiene que, en otras manos, todo lo expuesto podría haber quedado en simples palabras bonitas y hasta vacías. Pero Spielberg es mucho Spielberg. Es verdad que la batalla final está peor resuelta que la primera, y que en el prólogo y en el epílogo carga la mano en lo sensiblero y en el patriotero. También es verdad que a veces el guión de Robert Rodat no saca todo el partido a sus personajes... Sin embargo, todo esto es pecata minuta en comparación con la rotunda capacidad narrativa y la soberbia planificación —plagada de dificilísimas tomas cámara en mano y de brutales pasajes a cámara lenta— de la puesta en escena de Spielberg; con los continuos alardes del montaje de Michael Kahn; con la sugestiva desaturación del color y los potentes contraluces de la fotografía de Janusz Kaminski; con el sutilísimo subrayado de la partitura de John Williams; con el impagable trabajo de ambientación, vestuario y efectos especiales; con las espléndidas interpretaciones de todo el reparto, desde el hiperrealismo inicial hasta el casi surrealista desenlace...
En fin, que Spielberg, con esta magistral síntesis superadora del mejor cine bélico de la historia, ha vuelto a dar de lleno en la diana. J.J.M.
Director: Steven Spielberg. Intérpretes: Tom Hanks (Capitán Miller), Edward Burns (Soldado Reiben), Tom Sizemore (Sargento Horvath), Matt Damon (Soldado James Ryan), Jeremy Davies (Cabo Upham), Vin Diesel (Soldado Caparzo), Adam Goldberg (Soldado Mellish), Barry Pepper (Soldado Jackson), Giovanni Ribisi (Enfermero Wade), Dennis Farina (Teniente Coronel Anderson), Ted Danson (Capitán Hamill). País: Estados Unidos. Año: 1998. Producción: Ian Bryce, Mark Gordon y Gary Levinsohn, para Amblin Entertainment en asociación con Mutual Film Company. Presentada por: Paramount Pictures y DreamWorks Pictures. Guión: Robert Rodat. Música: John Williams. B.S.O.: DreamWorks Records. Fotografía: Janusz Kaminski. Dirección artística: Tom Sanders. Montaje: Michael Kahn. Supervisor de efectos especiales: Neil Corbould. Vestuario: Joanna Johnston. Coordinación de especialistas: Simon Crane. Asesor militar: Dale Dye. Asesor histórico: Stephen E. Ambrose. Estreno en Madrid: 18-IX-98. Distribuidora cine: UIP. Distribuidora vídeo: DreamWorks. Duración: 169 minutos. Género: Drama bélico. Premios principales: Oscar 1998 al mejor director, fotografía, sonido, montaje y efectos sonoros, y nominaciones a la mejor película, actor (Tom Hanks), guión original, dirección artística, banda sonora dramática y maquillaje. Premio Alfa y Omega 1999 al mejor director. Público apropiado: Jóvenes-adultos. Contenidos específicos: V+ D. |