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Seven 
Seven ha sido uno de los éxitos sorpresa de la temporada y ha llenado los cines de medio mundo. Podría ser por la vibrante puesta en escena de David Fincher..., o por el enorme tirón popular de Brad Pitt... Aunque, desgraciadamente, quizá la razón principal haya sido el morbo —explotado descaradamente por la publicidad— que despierta su argumento, sobre una serie de atroces asesinatos que se corresponden con los siete pecados capitales. No estaría nada mal que Seven también interesara por su desasosegante radiografía del alma humana, que la sitúa bastante por encima de otras películas policíacas con asesino psicópata, como El silencio de los corderos. Desde luego, el guión del debutante Andrew Kevin Walker ofrece muchos puntos de interés.
La acción transcurre en una oscura ciudad innominada en la que siempre está lloviendo. A lo largo de una semana van apareciendo cadáveres, brutalmente mutilados, en una serie que se corresponde con los siete pecados capitales. Investigarán el caso dos detectives: William Somerset (Morgan Freeman), un agente metódico y paciente a punto de jubilarse; y David Mills (Brad Pitt), un joven y prestigioso policía, recién casado, que prefiere la acción decidida.
Un gran acierto del guión es centrar la historia en la relación entre los dos agentes, más que en los asesinatos y en el asesino. Éste permanece como una inquietante presencia, cuya desquiciada personalidad de ángel vengador marca poderosamente los conflictos personales de los dos detectives. La descripción de estos conflictos, al hilo de los asesinatos, tiene una gran riqueza de matices dramáticos, muchos de ellos inspirados en grandes clásicos de la literatura y el arte religioso. A pesar del tono desmesurado de la historia y de su aparente ambigüedad moral, subyace en ella una certera crítica a la trivialización del pecado, la culpa, el arrepentimiento, quizá una de las grandes tragedias del mundo actual, como ya denunció Henrik Stangerup en su magnífica novela El hombre que quería ser culpable (Tusquets, 1991). «Al negar la culpa personal, diluyéndola en la responsabilidad de la sociedad, de hecho se anula al hombre», señalaba el escritor danés en una entrevista a propósito de su libro.
Hay dos secuencias de la película especialmente ilustrativas de esta idea. La primera es aquella en que el asesino, esposado dentro del coche, dice a los policías: «Presenciamos un pecado capital en cada esquina y lo toleramos, lo consideramos algo trivial». Esta declaración resulta muy inquietante, porque, en efecto, el asesino —que se hace llamar John Doe (Juan Nadie), como el protagonista de la famosa película de Frank Capra— sólo mata a verdaderos pecadores, y sobre todo porque las motivaciones profundas de su rebelión contra la sociedad tienen un fundamento real. Es más, coinciden con las opiniones que el propio Morgan Freeman, el detective veterano, ha expresado con anterioridad. Esto significa que la película no critica las motivaciones del asesino —las considera certeras— sino los medios terribles que, en su locura, emplea para concienciar al mundo de la realidad del pecado.
La segunda secuencia describe el encuentro en un bar entre el agente veterano (Morgan Freeman) y la mujer del policía joven (Gwyneth Paltrow). Ella le revela un secreto, y él, para intentar ayudarla, le descubre a su vez otro. Le cuenta que hace años, asqueado de la podrida sociedad en que vivía, obligó a abortar a una chica con la que salía. Y, con sinceridad y desazón, reconoce: «Siempre he pensado que hice lo correcto, y aún lo sigo pensando...; pero desde entonces no ha habido un solo día en que no me arrepintiese profundamente de lo que hice». Es difícil expresar con más claridad el terrible desconcierto que hoy día provoca en tanta gente la confusión entre lo políticamente correcto y lo moralmente bueno, ámbitos entre los que hay, cada vez con más frecuencia, un abismo descomunal. Y es que el hombre liberado artificialmente del pecado no puede ser feliz, pues no caben entonces ni el mérito de la resistencia a la tentación ni siquiera la alegría del arrepentimiento.
La película, sin embargo, no se queda en la simple condena de la disolución de la culpa personal en la responsabilidad de la sociedad. La perplejidad, la falta de resortes profundos de los detectives protagonistas, ante un mal que reconocen más cercano de lo que parece, pone de manifiesto la enorme dificultad de construir una moral sin fundamento religioso. En efecto, Dios está ausente de sus vidas, y si no se tiene un Tú ante quien rendir cuentas, no se puede entender bien la dignidad de la persona, ni el pecado, ni la culpa. Ya decía el personaje de Dostoievsky que «si Dios no existe, todo está permitido». Por eso, con la dolorosa tristeza que provoca la resolución de la película —coherente con esa falta de cimientos morales—, adquieren un nuevo sentido las numerosas referencias visuales y verbales a la Biblia, a las obras de Santo Tomás de Aquino, Chaucer, Dante, Shakespeare o Milton, y a los cuadros de El Bosco o Brueghel. Y también por eso, resulta más conmovedora, por más humana, la patética y sincera letanía —«¡Dios mío, perdóname!»— que grita ese pobre hombre que es obligado a cometer el brutal asesinato relacionado con la lujuria. Su reacción impacta enormemente porque él sí que está enfocando bien la verdadera tragedia del pecado: la rebelión del hombre contra su Creador y, por tanto, contra su propia naturaleza humana. De nuevo viene al caso otra idea de Stangerup: «Si no volvemos a plantear las grandes preguntas sobre Dios, el amor, la resurrección, el pecado, la creación —todo lo que ha hecho a Occidente—, si no volvemos a buscar el significado de estos conceptos, estamos perdidos».
Por su parte, la claustrofóbica y vibrante puesta en escena de David Fincher (Alien 3), que moderniza a su manera el estilo del cine negro clásico, imprime a la película una enorme tensión interna, visual y narrativa, muy apropiada con la reflexión de fondo. Las interpretaciones son magníficas, al igual que el resto de los apartados técnicos. Precisamente por eso, y aunque se intenta evitar el exceso de referencias explícitas a los espeluznantes asesinatos, el film resulta de una crudeza dantesca y desasosegante, que quizá provoque morbosidad malsana y, desde luego, exige al espectador un estómago a prueba de bomba. También se puede reprochar a Seven que, al menos en apariencia, deja poco resquicio para la esperanza. Desde luego tiene más peso en la película la frase de Shakespeare «Largo y escabroso es el camino que conduce de las tinieblas a la luz» —varias veces repetidas—, que la declaración final de principios del policía veterano: «Hemingway decía que ‘el mundo es un lugar maravilloso por el que vale la pena luchar’. Estoy de acuerdo con la segunda parte de la frase». En cualquier caso, Seven obliga a pensar y tiene la valentía de enfrentarse con la realidad, de llamar a las cosas por su nombre y de no recurrir a cobardes eufemismos escapistas para describir realidades tan deshumanizadoras como el aborto, la explotación sexual u otras manifestaciones de la esclavitud del pecado, presentado en todo momento como la auténtica raíz de todos los males, personales y sociales. J.J.M.
Director: David Fincher. Intérpretes: Brad Pitt (David Mills), Morgan Freeman (William Somerset), Gwyneth Paltrow (Tracy), Richard Roundtree (Talbot), John C. McGinley (California), Kevin Spacey (John Doe). País: Estados Unidos. Año: 1995. Producción: Arnold Kopelson y Phyllis Carlyle, para Arnold Kopelson Productions. Presentada por: New Line Cinema. Guión: Andrew Kevin Walker. Editorial: Ediciones B.: novelización escrita por Anthony Bruno (270 págs.). Música: Howard Shore. B.S.O.: Edel-Cinerama / TVT Records-PolyGram. Fotografía: Darius Khondji. Dirección artística: Arthur Max. Montaje: Richard Francis-Bruce. Estreno en Madrid: 12-I-96 (Acteón, Albufera, Aluche, Callao, Carlos III, Ciudad Lineal, Colombia, España, Excelsior, Ideal, Juan de Austria, Liceo, Roxy B y Vaguada.). Distribuidora cine: Aurum / Líder. Distribuidora vídeo: Columbia TriStar. Duración: 126 minutos. Género: Intriga policiaca. Premios principales: Nominación al Oscar 1995 al mejor montaje. Público apropiado: Adultos. Contenidos específicos: V+ S D. |