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Seven Years in Tibet 
El budismo vuelve a estar de moda en Hollywood. Hace algunos años dieron el pistoletazo de salida Oliver Stone, con El cielo y la tierra (Heaven and Earth), y Bernardo Bertolucci, con Pequeño Buda (Little Buda). Siguieron sus pasos, con diversas manifestaciones públicas de adhesión a la causa independentista tibetana o al budismo en general, famosos de la talla de Richard Gere, Harrison Ford, Uma Thurman, Sharon Stone, Meg Ryan, Goldie Hawn, Tina Turner o Paul Simon, que han mantenido vivo el fenómeno durante estos años. Ahora llega una nueva explosión fílmica de budomanía, de la que es avanzadilla Siete años en el Tíbet (Seven Years in Tibet), del francés Jean-Jacques Annaud. Tras ella irán llegando Red Corner, alegato contra el sistema judicial chino dirigido por Jon Avnet y protagonizado por Richard Gere; Kundun, otra recreación de la infancia y juventud del Dalai Lama, dirigida por Martin Scorsese; Dixie Cup, film de acción en el que un agente de la CIA (Steven Seagal) ayuda a unos rebeldes tibetanos; una producción de Denise Di Novi titulada Buddha from Brooklyn; un proyecto de Merchant/Ivory Productions sobre la represión china en el Tíbet en los años 80...
La moda del budismo
En fin, al margen del comprensible compromiso político contra la ocupación china del Tíbet, sorprende este repentino interés de Hollywood por la cultura y la filosofía budistas. Y digo cultura y filosofía porque las películas sobre el tema suelen dejar claro que el budismo no es una religión; desde luego, en él no aparece por ninguna parte un Dios personal y providente. Es más, Bertolucci reconoció que una de las cosas que más le fascinaba de Buda/Siddharta era su determinación para decir, en un entorno fuertemente politeísta, "basta de dioses; está el hombre".
En efecto, estos films suelen presentar el budismo como lo que es: una filosofía de la vida que dice conseguir el autodominio del cuerpo, los sentidos, las pasiones y la mente a través de un sistema de ritos —mantras, posturas corporales, ceremonias...— con cierto carácter mágico-purificador. Ese autocontrol del nirvana —fruto exclusivamente del puro esfuerzo personal— llevaría a la victoria sobre las fuerzas del mal, al dominio y a la liberación del sufrimiento, así como a la consecución del equilibrio absoluto de uno mismo, fomentando de ese modo la inteligencia de la compasión hacia el dolor de los demás seres vivos.
De lo dicho se deduce que achacar sin más el auge del budismo en Hollywood a la políticamente correcta admiración hacia las minorías o a la creciente fascinación social por lo desconocido, lo esotérico o lo simplemente novedoso resulta una explicación un tanto parcial. Baste con recordar que cuando Bertolucci promocionaba Pequeño Buda llegó a autodefinirse como "un freudiano marxista huérfano enganchado al budismo". Esta declaración da una primera pista de que el budismo, sobre todo en lo que tiene de humanismo, ha sido acogido en determinados ambientes intelectuales como un sustitutivo de las diversas utopías desvencijadas en este final de siglo; precisamente aquellas utopías que veían la religión como "el opio del pueblo" (Marx) o como "la neurosis de la humanidad" (Freud).
Una pobre respuesta al desafío del sufrimiento
Pero la moda budista también admite una interpretación menos ideológica, más personal, que entronca con la visión reduccionista de autores como Jung o Drewermann, que ven las religiones como "sistemas psicoterapéuticos en el sentido estricto de la palabra". Ya se ha dicho que el budismo no deja de ser una respuesta —superficial y limitada, sin duda, pero respuesta al fin y al cabo— a uno de los interrogantes más incómodos de la materializada sociedad actual: el sentido del sufrimiento. Y así, ante el desafío del dolor, mientras algunos profundizan en el cristianismo, o retornan a él —ahí están Tierras de penumbra, de Richard Attenborough; Tan lejos, tan cerca, de Wim Wenders; la trilogía Azul, Blanco y Rojo, de Krzysztof Kieslowski; Pena de muerte, de Tim Robbins; Canción de cuna y La herida luminosa, de José Luis Garci...—, otros —muchos de ellos, curiosamente, de formación católica, como Bertolucci, Scorsese, Stone o Annaud— encaminan su búsqueda hacia las cimas tibetanas.
A esta interpretación personalista parece adherirse Brad Pitt, el protagonista de Siete años en el Tíbet: "En Hollywood —ha señalado el actor en una reciente entrevista—, son muchos los que, una vez alcanzada la cima del dinero, de los valores del materialismo y del éxito, se enfrentan al vacío y al desasosiego. De modo que ese individualismo desquiciado nos lleva a buscar valores espirituales que amortigüen las frustraciones personales. Y en ese punto destacan conceptos del budismo como el de dejar el ego a un lado, luchar por una sociedad no violenta, abrazar al enemigo, contribuir a una nación pacífica... Y no es que haya que creerse que estas ideas van a convertir el lugar en que vivimos en una especie de paraíso a lo Sangri La, pero existen investigaciones profundas sobre cómo estos conceptos pueden funcionar positivamente en nuestras vidas (...). Personalmente, yo no he ido más allá, pero he escuchado con interés y con pasión sus enseñanzas. Y cada día aprendía cosas nuevas que me hacían sentir mucho más abierto como persona. No me he enganchado al budismo, pero creo en la compasión y en el perdón, y comprendo al hombre que lucha por algo que cree que está bien y luego corrige sus errores".
Por su parte, Jean-Jacques Annaud apunta otro dato interesante: "En Estados Unidos, se ha perdido el valor de la familia. Matar se ha convertido en un juego. Por eso la gente se mete en sectas y otras religiones exóticas". Para él, "los principios del budismo están muy alejados de esa cultura y quizá por eso resultan atractivos. Yo, desde luego, apostaría por encontrar la paz interior hablando de lo que se piensa y haciendo lo que se dice. Y de eso trata mi película: de cómo un hombre egocéntrico y oportunista aprende la tolerancia y el respeto de otra cultura".
Relato de una redención
En efecto, Siete años en el Tíbet relata la historia real de un peregrinaje espiritual: el de Heinrich Harrer (Brad Pitt), tal y como él mismo lo relató en su libro homónimo de memorias, del que ha vendido 50 millones de ejemplares en todo el mundo. Harrer —que hoy vive retirado en Austria con 85 años— fue un famoso alpinista austriaco, medallista olímpico y —como ahora se ha sabido, porque él lo oculta en su libro— miembro del partido nazi y, durante un breve espacio de tiempo, de las SS, donde llegó a detentar el grado de sargento. Considerado como uno de los grandes exploradores del siglo XX, Harrer inició en 1939 una expedición al Himalaya con el objetivo de coronar para el III Reich el Nanga Parbat, el noveno pico más alto del mundo. Esta expedición provocó la ruptura total con su esposa —que por entonces estaba esperando su primer hijo— y, para colmo de males, fracasó estrepitosamente: los alpinistas no alcanzaron la cumbre y, además, fueron detenidos por las tropas británicas al poco de comenzar la II Guerra Mundial, e internados en el campo de prisioneros de Dehra Nun, en la India.
Tres años después, Harrer huyó del campo de concentración con un compañero, Peter Aufschnaiter (David Thewlis), del que, a su pesar, acabó por hacerse íntimo amigo. En su desesperada huida, los dos alpinistas vivieron la experiencia única de ser los primeros occidentales acogidos en la ciudad santa tibetana de Lhasa. Allí se hicieron amigos del actual Dalai Lama —por entonces un niño un poco perdido en su imponente palacio de Potala—, descubrieron la espiritualidad budista y sufrieron con el pacífico pueblo tibetano la invasión de las tropas comunistas chinas en 1951. Las vidas de los dos amigos cambiaron para siempre: Aufschnaiter se casó con una tibetana; y Harrer, desde su regreso a Austria, se ha dedicado a luchar por la independencia del Tíbet y a difundir el budismo por Occidente.
El principal acierto del guión de Becky Johnston —autora de El príncipe de las mareas— es centrar el conflicto principal en el proceso de auto-descubrimiento, culpabilidad y expiación del protagonista, un ser vanidoso y arrogante al que su singular viaje le ofrece una segunda oportunidad. Además, este camino de redención se articula a través de diversos hilos narrativos que dan variedad a la trama: la tragedia íntima de Harrer al perder el amor de su esposa y de su hijo; su enriquecedora amistad con el paciente Aufschnaiter; su peculiar relación paterno-filial —de ida y vuelta— con el Dalai Lama adolescente, del que llegó a ser tutor; y su progresiva implicación en el sereno estilo de vida tibetano y en su lucha contra el invasor chino.
Como se ve, esta historia ofrece mucho más que la blanda apología del budismo que brindó Bernardo Bertolucci en Pequeño Buda. Aquí también se elogia decididamente el pacifismo budista y la rica personalidad del Dalai Lama. Pero, al igual que las demás películas sobre el tema y salvo en la aceptación de un sueño cumplido del niño sagrado —que viene a ser como un reconocimiento tácito de la reencarnación que dice ser—, no se presenta el budismo como una religión en sentido estricto, sino más bien como una filosofía de carácter naturalista y pacifista. Aunque, eso sí, de paso se condena el ateísmo militante del comunismo chino, en una poderosa secuencia en la que un general de Mao grita: "La religión es un veneno".
Visión idílica del budismo
Hasta aquí, todo bien. Otra cosa es que el viaje iniciático que se describe en la película responda plenamente a la realidad. Además de que la película pasa de puntillas por el pasado nazi de Harrer, su visión del Tíbet resulta un tanto idílica. Como ha señalado en Le Monde el orientalista francés Odon Vallet, profesor de la Universidad de París-I, "en su libro, el alpinista se guarda mucho de incurrir en tal idealismo, y no pierde ocasión de criticar los defectos de la teocracia tibetana de aquella época, denunciando su xenofobia, su ‘dictadura clerical’ y su actitud anti-occidental, que le llevaba a prohibir el automóvil, las gafas y el fútbol". Ya en otro artículo an-terior en Le Monde, a propósito de la última gira del Dalai-Lama por Europa, el propio Vallet señalaba que "el budismo tibetano no ha sido siempre un modelo de no-violencia, y a menudo las escuelas rivales han arreglado sus diferencias a fuerza de músculo, por mediación de los dop-dop, los monjes soldados". Pero ya se sabe que el Tíbet se ha convertido hoy, en el imaginario occidental, en el último refugio de una inocencia mística.
En cualquier caso, todos esos elementos dramáticos —atractivos por su carácter universal e intemporal—, adquieren unidad en la puesta en escena del francés Jean-Jacques Annaud (En busca del fuego, El nombre de la rosa, El oso, El amante), que esta vez ha pensado en todos los públicos y renuncia a los excesos sexuales de otros de sus films. Su planificación no es muy brillante y, a pesar de sus esfuerzos por integrar a lo David Lean los dramas íntimos de los personajes en la grandiosidad del escenario —a través de fuertes contrastes de planos generales y primeros planos—, Annaud se queda a menudo en la epidermis de los conflictos planteados y no logra hacer plenamente palpables sus claroscuros, cayendo a veces en el arquetipo o en la acumulación indiscriminada de referencias dramáticas.
De todos modos, la realización es ágil, ofrece paisajes fascinantes —los Andes argentinos, los Alpes, las Montañas Rocosas...— y muy bien fotografiados por Robert Fraisse, y se beneficia de la magnífica partitura del maestro John Williams —que incluye una preciosa versión del Claro de luna, de Debussy— y de un impecable trabajo de ambientación y recreación histórica, en el que se aprecia la ayuda que ha recibido Annaud del propio Dalai Lama: su ex primer ministro y su chambelán han asesorado el film; su sobrino ha trabajado en él como ayudante de dirección, y entre los actores se cuentan verdaderos monjes tibetanos y hasta la propia hermana del Dalai Lama. Al buen hacer de todos ellos se añaden las esforzadas interpretaciones de los actores principales, que disimulan un poco la falta de matices de sus personajes. Seguramente, Brad Pitt nunca ha estado mejor; David Thewlis confirma la calidad que ya mostrara en Naked o Restauración; y el debutante Jamyang Jamtsho Wangchuk da vida al Dalai Lama adolescente con asombrosa naturalidad.
Con todo esto, queda un estimable drama épico, con un agradable regusto al cine clásico de aventuras exóticas y que, al dejar a un lado el análisis propiamente religioso, ofrece un enriquecedor enfrentamiento entre los discutibles valores dominantes en las sociedades occidentales y una cultura sencilla, serena, solidaria y espiritual, que da mucho qué pensar. Como ha señalado en una entrevista Brad Pitt, "para los budistas, su actitud pacífica es su fuerza y su responsabilidad ante la vida, mientras que nosotros vivimos en una sociedad totalmente violenta en la que además no queremos asumir responsabilidades de ningún tipo".
De todos modos, junto a estos elementos aprovechables del budismo —que, por cierto, coinciden plenamente con valores cristianos de toda la vida—, Siete años en el Tíbet, al igual que las demás películas sobre el tema, refleja sin querer su inconsistencia ética y su carácter etéreo. Y eso que, como ha señalado el crítico Mark Robbins en la revista Dirigido (XI-97), la película de Annaud ofrece una "propaganda budista carente del más mínimo sentido crítico, al que, paradójicamente, sí deben enfrentarse otras religiones cuando son analizadas por el cine". Entre otras cosas, el budismo suele ser presentado como una filosofía unitaria en torno al Dalai-Lama, cuando éste sólo representa al 1% de los budistas del mundo, en concreto a los de la escuela de los Gelugpa o virtuosos, la más minoritaria y ecléctica —pues aúna elementos del budismo, el hinduismo y la religión bön— de las cuatro que existen, y la que más se ha beneficiado durante siglos de la protección de los soberanos chinos. Desde luego, ya quisiera el cristianismo poder beneficiarse de este respeto... y de esta curiosa falta de memoria histórica.
El caso es que Siete años en el Tíbet vuelve a reflejar cómo algunos, perplejos ante el hundimiento de las viejas utopías marxistas y/o hastiados por la crisis moral de las sociedades occidentales, se apuntan hoy a la oferta psicológico-naturalista-esotérica —muy New Age— del budismo, cuyo camino medio entre hedonismo y rigorismo resulta mucho más cómodo y con menos exigencias morales que cualquier religión. J.J.M.
Director: Jean-Jacques Annaud. Intérpretes: Brad Pitt (Heinrich Harrer), David Thewlis (Peter Aufschnaiter), B.D. Wong (Ngawang Jigme), Mako (Kungo Tsarong), Jamyang Jamtsho Wangchuk (Dalai Lama a los 14 años), Lhakpa Tsamchoe (Pema Lhaki), Jetsun Pema (Madre del Dalai Lama), Danny Denzongpa (Regente), Victor Wong (Amban Chino), Sonam Wangchuk (Dalai Lama a los 8 años), Dorjee Tsering (Dalai Lama a los 4 años). País: Estados Unidos. Año: 1997. Producción: Jean-Jacques Annaud, John H. Williams y Iain Smith, para Reperage y Vanguard Films / Applecross. Presentada por: Mandalay Entertainment. Argumento: Basado en la novela autobiográfica de Heinrich Harrer. Editorial: Juventud y Ediciones B. Guión: Bechky Johnston. Música: John Williams. Solos de cello: Yo-Yo Ma. B.S.O.: Mandalay / Sony Classical. Fotografía: Robert Fraisse. Dirección artística: At Hoang. Montaje: Noëlle Boisson. Estreno en Madrid: 5-XII-97. Distribuidora cine: TriPictures. Distribuidora vídeo: TriPictures. Duración: 139 minutos. Género: Aventuras exóticas. Premios principales: Nominación al Globo de Oro 1997 a la mejor banda sonora. Público apropiado: Jóvenes. Contenidos específicos: V. |